22 de julio, domingo
Desde hace dos días lucho con mis ganas de dormir a toda hora. Jamás bebí tanto café, tanto té. Son estos mis pequeños suicidios silenciosos, sin escándalo, sin decir a nadie que no quiero vivir. Curioso este fracaso total a pesar de que se tomaron tantas precauciones. Se ha caminado toda la noche a tientas, en la oscuridad absoluta; no se lloró, no se quejó, no se musitó: ni siquiera se respiró. Pero te descubrieron igual. Te agarraron y te la dieron como si nada. Sí. Como si nada.
Me he olvidado de P. o, tal vez, P. es la Gran Causa de mi somnolencia crónica de estos últimos días. A veces es una suerte que todo pase para hacerse pasado. La venida de P. abrió una vieja herida. Sufrí. Ya no lo recuerdo. Pero me pregunto si la finalidad que busco es el cese del sufrimiento. No engañarse: no hay finalidad y el sufrimiento no cesa nunca.
Me niego a la continuidad y al historicismo. Toda idea de progresión, de crecimiento lento, me exaspera. De la misma manera el pasado, las manos de los viejos muertos viniendo a mi atroz vigilia para decirme que no es nueva mi manera de sufrir ni de expresar lo sufrido. Que los viejos muertos se abracen estúpidamente con los viejos muertos. Yo no tengo pasado ni familia ni religión ni patria. Lo que me incumbe, entonces, es cantar como la primera hija del sol: a los gritos y mediante sonidos inextricables. (Todo esto, para lamentar lo siguiente: mi imposible deseo de aprender a vivir suave y lentamente, y de realizar una obra coherente y madura que crezca como un árbol.)
Narración tácita de un minuto de silencio. El cielo se va. La tierra se fue hace mucho. En fin: todo lo que solamente tiene nombre y es llamado pero que jamás responde, todo lo que viene envuelto en una torva sensación de grandeza, se va. Quedo en la fiesta de los sentidos abiertos, afuera, a la intemperie, en un sitio oscuro como un nombre, y me reconozco rodeada de bestias veloces y negras que pasan en el vértigo de una carrera que nadie comprende. Así soy yo seriamente —dije— entre el peligro y el riesgo, el miedo y el temor, el sexo y los deseos. Una canción ávida de respuesta llenaba los oídos de tanta hermosura que la idea de la muerte se cubrió de azúcar y se hizo pequeña como un barco en una zanja. Pero la carta que espero no llegó aún y por eso no comprendía esta noche de fiesta y de reencuentros. Porque si espero algo de este lado de las cosas, algo llamado carta, con qué intención me dono a las imágenes que alguien prepara para mí, por error seguramente, pues ese alguien no sabe que por una carta que espero de este lado de las cosas, rehúso todo deseo mío de renacer en el olvido de la noche. Y si no has podido hablar, si no has sabido hacer uso del lenguaje para desempeñar tu humilde trabajo de enamorada, ¿por qué tengo que embriagarme ahora con palabras indefensas y trágicas, que sólo evocan canciones demasiado bellas? Me gustaría un olvido fabuloso. Pero este deseo pertenece a antiguas noches, cuando una niña de seda obraba extrañas metamorfosis bajo la luna de enero, en el espacio vacío y amurallado, cuando era tristemente verano y los deseos de morir se disolvían en un llanto inexplicable. La culpa por haber visto, por haber soñado. Si un rayo te trizara.
.
Alejandra Pizarnik, Diarios.
(2003, p. 300)
(2003, p. 300)
.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario