22 de septiembre, sábado
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Me miré los ojos en el espejo y tuve deseos de arrancármelos con una aguja. No he comido ni bebido, estuve hasta el crepúsculo en mi cama desordenada, fumando y queriendo llorar. Te esperé. Ojalá me muera muy pronto, porque no hay fuerzas si tú no me sostienes y no hay fuerzas para vivir sabiendo que no vendrás nunca más. Absurdo hablarte desde el poema. Habría que levantarse, ir a tu casa, obligarte a oír mis delirios. No lo haré. Nadie oye mi silencio. Nadie ve lo que vive detrás de mi mirada. Por eso no comprendo mis sacrificios solitarios, mi adoración muda. Como si yo fuera de otro siglo, como si me hubiesen encerrado en la torre más alta del castillo. Pero los trovadores no se encerraban, ellos [tachado] y allí cantar o contar [tachado].
[…]
Previamente
no hubo nada. O sí: intentos de hacerse a sí misma mediante un único
instrumento: el amor. Ahora el instrumento se volvió el arma que te niega, el que te anonada. A causa del amor eres la habitante del no-amor. Pero tú amas. Amas entre pieles sarnosas, restos de uñas, dolores físicos fantasmas que vuelan por tus huesos, entre mendrugos de palabras, entre pelos, sonidos guturales, mierda hecha polvo. Que venga Malte Brigge y que celebre tu estatua doliente, rodeada de relojes y de palabras repulsivas. (Produce náuseas recordarlas: patria, familia, fecundidad, construcción, plenitud, felicidad.) Pero no. Que no venga. Nadie puede venir aquí aun cuando venga y me hable. Si no viene quien yo quiero no viene nadie. Si no me ama quien yo sé todos me son hostiles. Y se piensa, se medita, se masculla. No viene, no vino, no vendrá. Por eso: negarse a todas las visiones, a todos los encantamientos. (Yo no soy don Quijote: a lo sumo quiero ser correspondida en cuerpo y alma.) Lenguaje maldito: por qué no despierta su deseo, por qué no le obliga a correr en la noche en mi busca, correr hasta llegar a esta casa, a este lecho, a este cuerpo. Por qué no corroe la mierda de las convenciones inmundas que nos esperan. Por qué no le da un alma ciega y heroica.
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Alejandra Pizarnik, Diarios.
(2003, p. 340-342)
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