viernes, 22 de abril de 2016

Epílogo

Pasada la Nochebuena, era la antesala del año '82. Desde la ventana se veían las luces de Navidad. "Se te enfría el café", dijo él. "Me gusta así", dijo ella. Y siguió un silencio tan vacío de miradas que hacían eco los reproches que se guardaban. Su mano izquierda -la de él- ya no tomaba su mano derecha -la de ella- y eso no era común. Se trataba del proceso inverso de conocerse: en la mesa, dos extraños tomaban café. También era el proceso inverso de quererse: "dónde abrigabas tanto resentimiento? cuándo fue que nos separó el odio?", pensaba ella mientras observaba al desconocido delante suyo. No eran necesarios gritos ni palabras hirientes. Lágrimas ya no había, estaban resecas, como resecos los ojos negros -los de él- que no la querían ver más. Su corazón -el de ella- lo presentía. Y lo sentía. Fue un abismo mudo de treinta minutos entre los dos. Un café amargo, sin el olor a besos como en otros tiempos. "Para qué seguir?", pensó él. "No quisiera seguir así", pensó ella, y prendió un cigarrillo. "Querés?". Declinó. Claro, se olvidó de que no fumaba más. Pero, qué otras cosas había olvidado de él? Tal vez la aspereza de la barba, la textura de la piel, la cara de sueño a las 7h, el pelo revuelto, la expresión seria de leer el diario, la viveza de la mirada en sus historias, la manera desconcertada que recibía un te quiero, los besos con la nariz, la voz tierna que sabía de amor, el modo justo de acomodarla en los brazos para dormir... todo era triste olvido. Y olvido compartido: a él tampoco le importaban los recuerdos de quiénes fueron él y ella. "Mejor salgo a fumar afuera. Está linda la noche, quiero ver las luces", dijo ella. Él no respondió. Con la cabeza baja, se sirvió otra taza de café. Así que se marchó -ella. Y se desmoronó en silencio -él. Fin.

[A.R.]
.

No hay comentarios.: