Domingo 19 de mayo
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[…] De pronto ella dijo: "Por favor, no me acribille con esas miradas de expectativa". "No tengo otras", contesté, como un idiota. "Usted quiere saber mi respuesta", agregó, "y mi respuesta es otra pregunta". "Pregunte", dije. "¿Qué quiere decir eso de que usted está enamorado de mí?". Nunca se me había ocurrido que esa pregunta existiera, pero ahí estaba a mi alcance. "Por favor, Avellaneda, no me haga aparecer más ridículo aún. ¿Quiere que le especifique, como un adolescente, en qué consiste estar enamorado?". "No, de ningún modo". "¿Y entonces?". En realidad, yo me estaba haciendo el artista; en el fondo bien sabía qué era lo que ella estaba tratando de decirme. "Bueno", dijo, "usted no quiere parecer ridículo, pero en cambio no tiene inconveniente en que yo lo parezca. Usted sabe lo que quiero decirle. Estar enamorado puede significar, sobre todo en la jerga masculina, muchas cosas diferentes". "Tiene razón. Entonces póngale la mejor de esas muchas cosas. A eso me refería ayer, cuando se lo dije". [...] "Fíjese", seguí, algo más animado, "está lo que se llama la realidad y está lo que se llama las apariencias". "Ajá", dijo ella, sin decidirse a parecer burlona. "Yo la quiero a usted en eso que se llama la realidad, pero los problemas aparecen cuando pienso en eso que se llama las apariencias". "¿Qué problemas?", preguntó, esta vez creo que verdaderamente intrigada. "No me haga decir que yo podría ser su padre, o que usted tiene la edad de alguno de mis hijos. No me lo haga decir, porque ésa es la clave de todos los problemas y, además, porque entonces sí voy a sentirme un poco desgraciado". No contestó nada. Estuvo bien. Era lo menos riesgoso. "¿Comprende entonces?", pregunté, sin esperar respuesta. "Mi pretensión, aparte de la muy explicable de sentirme feliz o lo más aproximado a eso, es tratar de que usted también lo sea. Y eso es lo difícil. Usted tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo tengo muy pocas para concurrir a la suya. […] Tal vez no me apartaría ni un milímetro de mi centro de sinceridad, si le dijera que lo que estoy buscando denodadamente es un acuerdo, una especie de convenio entre mi amor y su libertad. Ya sé, ya sé. Usted está pensando que la realidad es precisamente la inversa; que lo que yo estoy buscando es justamente su amor y mi libertad. Tiene todo el derecho de pensarlo, pero reconozca que a mi vez tengo todo el derecho de jugármelo todo a una sola carta. Y esa sola carta es la confianza que usted pueda tener en mí". En ese momento estábamos a la espera del postre. El mozo trajo al fin los manjares del cielo y yo aproveché para pedirle la cuenta. Inmediatamente después del último bocado, Avellaneda se limpió fuertemente la boca con una servilleta y me miró sonriendo. La sonrisa le formaba una especie de rayitos junto a las comisuras de los labios. "Usted me gusta", dijo.
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BENEDETTI, M. La tregua. Buenos Aires: Editora Sudamericana, 2000. p. 66-69.
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