lunes, 19 de septiembre de 2016

5 de agosto [1955]

5 de agosto
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Despierto cansada y llorosa. Los interrogantes entran por la ventana como el viento, como el sol; pero mi alma no se pregunta nada. Sólo mira y reprueba los torneos mundanos que realiza mi cuerpo. Ella sólo desea paz, y como no se la doy, se limita a callar y esperar. La tristeza llena mi cuerpo. Me siento cansada de tanta melancolía. Mi estado de ánimo trueca los resplandores luminosos de cada objeto en simples entes desteñidos. Nada me señala alegría. Nada estira mis labios en verdadera sonrisa. Mi pelo oculta la frente, grávida de horrendas imágenes. Tristeza que entra por un ojo floreciendo en el otro ojo. Podría decir que no puedo más, que me iré, que acabaré con mi vida. Pero sigo y sigo portando esta angustia exacerbante, repetida y renovada. Mis manos se abren desesperadas. Estoy encerrada en la más funesta congoja. Estoy atormentada por el pesar más negro. Mi sufrimiento surge a cada instante, para mayor verosimilitud. [...]
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Al escribir esto, levanto los ojos. En el jardín, las hojas mueren. El cielo es pálido. Me doy cuenta de que estoy llorando. Es difícil, es difícil morir bien.
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Mostré algunos poemas a dos compañeros. Los elogiaron extensamente. Me alegré infinitamente y más aún porque esos muchachos no son intelectuales ni mucho menos. Son verdaderos «porteños» devotos de Arlt y Discépolo. ¡¡Cómo me gustó emocionarlos!!
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Conté a R. mi separación de L. El relato fue una bella historia de dos seres obligados a separarse en «una época brutal en que no hay lugar para el amor». Creo que, al final, no entendió la razón de la separación. ¡Mejor!
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¡Llegó! Llegó el miedo. ¡Tengo miedo de existir, de estar sentada en la silla, de pensar en ÉL, de haber hablado de mis poemas, de mi mente, de mi cuerpo, de la poesía, del calor de la estufa! ¿Comprendes, Alejandra?
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Sí. Pienso en mí y me asusto. ¡Estoy tan enferma! Pero no es ninguna enfermedad agradable, de ésas en que una está segura en cama y recibe flores y amigos y sonrisas protectoras. Mi enfermedad es, inversamente, de ésas que le dan a una aspecto sano, apto para recibir golpes. Y caen uno más uno, a veces en orden y otras no, ¡pero no importa! La llegada es fiel. Me duele estar enferma. Me angustia curarme (desfallecer de amor por ÉL). Jamás estaré bien. Jamás mis momentos felices sobrepasarán los momentos dramáticos. [...]
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Lo que ocurre es que yo quiero saber el porqué de todo esto. Quiero saber por qué me atrae D. Quiero saber por qué nací. Quiero saber por qué es de noche ahora, por qué la vid se hace vino, por qué esta silla (¿quién la inventó?), por qué existe el lenguaje, por qué sufro tanto, por qué existe el olvido, por qué existe el mundo. Por qué existe la existencia, por qué existo, por qué siento, por qué hay flores (¿quién inventó el color? Por qué se llama color).
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Me siento delirar. Me duele mi existencia sin objeto. Yo misma soy un objeto. ¡Qué mundo enfrentar si sola nada soy! ¡Qué mundo explicar si sola nada sé!
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Siento el ronco sonido de mi respiración.
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Es muy tarde. Estoy cansada. Sólo me veo a mí. De vez en cuando pienso en ÉL. O en mis libros. O en la soledad anhelada. O en aprender seriamente. Pienso en el genio. Es muy difícil que se manifieste desnudo de aprendizajes. ¡Y al final no me importa! Lo dije ya y lo repito pero no llego a convencerme a mí misma.
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Es muy tarde y mis párpados se inquietan. Me siento muy sensible y siento que todo vive. Cada cosa grita su ser. Me haré balance. La individualidad exalta mi pluma. Yo. Yo. Yo. Yo. Soy la mujer más egoísta del mundo. No sólo vivo por y para mí, sino que exijo de los demás que den elementos que en mí no hallo, elementos que se refieren a mí, siempre a mí. Sí. Es tarde pero temo separarme del cuadernillo. Temo acostarme, temo llorar. Estoy por llorar. Me siento horriblemente desdichada y culpable. Mi [palabra ilegible] frívola y cariñosa. [Palabra ilegible] angustia la publicación de mi libro. En el fondo no lo quiero. ¡No! En el fondo quiero estudiar. Quiero escribir lentamente. Quiero esculpir al fuego de la gloire (Pope).
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Alejandra seguía rumiando las desconectadas frases. Suspiraba violenta apretando dura su cuadernillo marrón. Sus ojos sin fondo clamaban a Algo. Se [palabra ilegible] esa rareza de la desasimilación. (Pensé que le haría falta un buen tratamiento psíquico.) Me acerqué hacia ella tratando que no me viera. ¡Así fue! Seguía suspirando y escribiendo marcando en su rostro gestos de desesperanza. Sentí pena, a pesar de que su rostro no la inspiraba. Frunció las cejas tan fuerte que yo temí ver su rostro roto de continuar con esas flexiones faciales. Pesaban los minutos. Su cuerpo seguía inerte y desilusionado. Los suspiros fueron reemplazados por un silencio trágico. La miré profundamente. Contuve mis deseos de llorar. ¡Cuánto dolor había en ese cuerpo abandonado! ¡Cuánta angustia en esas manos aferradas al papel! ¡Qué trágico destino el de esta muchacha sentada que escribe y escribe!
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¡No pude soportar más y me fui! En la calle, el sol doraba las sombras esfumadas. Aspiré esforzándome por no pensar en Alejandra.
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Al pasar por una plaza, una paloma se posó en mi hombro. La acaricié agradecida. Ella levantó sobresaltado vuelo, pero me dejó una bella plumita. Miré el cielo. Presente y compacto de azul definido. Ya me sentía mejor. La figura de Alejandra sólo era una imagen borrosa.


Alejandra Pizarnik, Diarios. 
(2003, p. 88-91)
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