martes, 13 de septiembre de 2016

5 de agosto [1962]

5 de agosto
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Da tiempo al tiempo y una sonrisa espectral a los labios abiertos que forman las grietas de esa pared. Responde con sed a tu sed de siempre y con deseo a tu deseo viejo y aniñado. Dormir. Sí. Dormir a la sombra de tu cuerpo abierto que mana deseos que no se concluyen. Deseos de dormir a su sombra.
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A veces, no eres tú la culpable de que tu poema hable de lo que no es. Para ti, un ensueño de desdichas y de males, un encierro provisorio de enamorada peligrosa, maniatada por su deseo. Si habla de lo que no es, quiere decir que no vino en vez de venir, que buscaste en vano, y que reposas en tu derrota sin atreverte a mirarte en el espejo porque a veces, en la soledad, demasiada realidad aniquila en un instante.
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Te duermes en tus brazos como hace poco las muñecas en tus brazos. Tú les atribuías fatiga y sed y tristeza sin saber que hay una distinta manera de existir: sin boca, sin cuerpo, sin deseos. Te duermes para soñar que en donde posas las manos te muerden: es así como diste un concierto de arpa y cuando los aplausos resonaron elevaste muñones sangrantes; es así como te hundiste las manos en los bolsillos —para protegerlas— sin saber que allí tenías un nido de perros-serpientes menudísimos que te arrancaron los dedos hasta que despertaste con el ruido de tus anillos al caer. Tú duermes y te despiertas y es siempre la amenaza, la persecución, el deseo infalible por quien no viene ni vendrá. Apiádate de ti, desde este lugar oculto y sin aire, por donde te arrastrándote [sic] como una perra enferma que no sabe qué tiene, qué quiere, quién la disminuyó y la redujo a ese arrastrarse entre muros con grietas que dibujan labios, ojos, y la sonrisa que tú celebras y a la que sacrificas tu escaso poder de adoración.
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Una se prepara años para poder llegar a decir con belleza las pocas palabras que quiere decir desde que saltó a este mundo. En posesión de tus medios verbales descubres que no es eso lo que había que decir sino algo en que jamás se pensó. Para esto tus noches en blanco, tu rostro cadavérico al borde del derrumbe. Pero nadie debería prepararse. Si algo te llega a llegar —¡si te llegara!— será exactamente lo contrario de cualquier predicción o videncia previa. Esto no es culpa de nadie. Es la manera con que las cosas se presentan, que tú debiste aprender hace tiempo, cuando comenzaste a prepararte.
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Recuerdo hoy sus ojos y tengo miedo. «Lo bello no es sino el primer escalón de lo terrible»... Qué pasará cuando recuerde su cara, cuando su cara se abrace a mi memoria, cuando su cara sea mi memoria. Pero hoy, extraño domingo, he recordado sus ojos. Y he temido morir de sabiduría cuando los repensé en su color y en su forma. Yo no sé nada. Sólo sé unos ojos. Suficiente para vivir hoy, domingo extraño con signos en las paredes.
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«Ámame y déjame», me dicen. Y yo lo hago. Yo cumplo lo que se me pide. Soy accesible, bondadosa y servicial como un animal herido, dulcemente doméstico, merodeando en una casa que pronto abandonará.
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Morada de sacrificio, sol y luna, sombras animadas: tus ojos hacen de mí lo que quieren. Y yo te haré las transformaciones más prodigiosas: me revestiré de la forma que quieras y tendré el color que prefieras. Mensajeros de lo que está detrás de cualquier sombra, iluminadores de toda incógnita: tus ojos me levantan y me hacen andar. Aunque no estés aquí ellos me dictan y me ordenan. Yo acato, obedezco, me doblego, me subordino. Ello es un motivo de orgullo, de risas, de cantos. En tanto quieras mirarme, verás lo que nunca soñaste: que alguien se levanta de su cadáver y envuelta en el color de tus ojos se dirige hacia donde la vida es sólo creación de alabanzas al amor.
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Toda promesa de amor es una fantasmagoría. Pero nada iguala, en materia de fantasmagorías, a mi intento tenso y enervado de explicar lo que siento y deseo. Sólo estoy en mi habitación que parece navegar. Y yo dentro, fantasma confusa y novata, tratando de no caer. Vértigos. Abandonos. Se ha ido eliminando cualquier signo de conflicto que se podría examinar, que se prestaría a una problemática y a las consiguientes reflexiones. Ni odio ni amor. Ni presencia ni ausencia. Depresión, sí, en su máximo grado, pero mansa y resignada. Tristeza también, sin fondo, y atmósfera posterior a un crimen absurdo. Eliminados también culpables, víctimas y defensores. Ahogada la esperanza, rebanada la espera de quien yo sé, cercenado el menor indicio de sonrisa o recuerdo o temor. Pero por qué hablo con verbos activos, como si me hubiera pasado la noche con una espada en la mano. No es así. El amor, el terror, el odio y la esperanza se retiraron como la marea. Crepúsculo de silencios y luces enfermas en los espejos. 
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Tengo miedo. Sin lenguaje no puedo vivir y cada vez hay menos para decir. Cansada de encontrar imágenes para representar mi miedo.


Alejandra Pizarnik, Diarios.
 
(2003, p. 321-323)
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