martes, 20 de septiembre de 2016

Domingo, 7 de agosto [1955]

Domingo, 7 de agosto
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Encuentro unos viejos papeles escritos allá por el año 53 o 54. Me confunden y lastiman. ¡Cuánto adelanté! A pesar de la torpeza literaria que demuestran, hallo más coherencia que en los escritos actuales. Coherencia ingenua debida a la ignorancia de muchas cosas esenciales. En esa época, pensaba que con conocer mi interior, ya estaba resuelta la duda antropológica: ¿qué es el hombre? Pensaba que la fe es importantísima. Pensaba que la muerte no es para mí. Ni la soledad. Ni el arte. [...]
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16.30 h. Estoy sola en el humo del domingo. Si hablo, nadie me responde. Si lloro, no hay mano que aparte mis lágrimas. Pienso en L., en B. y en A. En las hermosas veladas en el cuartito de estos últimos. Sonrío, dueña de mí, pues sé que en mis manos está la voluntad de escapar o no de la soledad: un llamado telefónico o una visita, pero sé que no lo haré. Sé que esto está muy bien.
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Cada cual se forja su mundo. Mi mundo es esta habitación. Fuera de ella está lo desconocido, lo indiferente, que no tengo deseos de explorar. Acá es donde siento la limitación. Acá es donde veo lo vano de los esfuerzos humanos. De pronto, me asalta la idea de vivir. Me pregunto si vivo. No sé qué es vivir. Además, al estar acá, respondo a mis necesidades. Necesito de esta soledad llena de libros, de música, de humo y café. ¡Vivir! Supongo que «vivir la vida» significa gozarla. Pues mi goce es este.
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Antes de salir, entra mi madre a mi cuarto preguntándome si tengo cierto objeto que necesita. Le respondo distraída que no tengo tal cosa. Ella me mira risueña y maliciosa y me entrega sigilosamente un cigarrillo extranjero que hurtó del atado de mi padre. Le agradezco mientras se va rápidamente. Me río emocionada. ¡Qué buenos son estos pequeños momentos! Es como le dije cierta vez a Elena, a raíz de una pregunta sobre mi estado de felicidad: «No. No soy feliz, pero hay en mi vida pequeños trozos felices, soplos de dicha que suavizan el permanente estado angustioso. Y esos momentos me permiten vivir». [...]

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Pasó una hora. 22 h. Pienso en ÉL y una oleada de cálida euforia envuelve mi imaginación. Me siento como inspirada por algo fantástico y deseo hacer cosas increíbles. Si en estos momentos escribiera, creo que saldría algo bueno. ¡Pero mis dedos no serían capaces de guiar la pluma! Creo que pienso en ÉL para no pensar en D. Por supuesto que no tengo miedo de esta última (es decir, de su intervención en mis ensueños). Pero pensar en ÉL me gusta más. Sé que jamás me amará, pero parece que no me importa mucho, pues me veo semiresignada a esta idea. A pesar de esto, yo me deshago de amor por ÉL y lo deseo noche y día. En estos momentos, siento su presencia tan lejana que me parece imposible verlo de nuevo alguna vez. Calculo los días. Son 23 días. ¡23 días más y estoy salvada! ¿Salvada de qué? De existir.
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Trato de hallar la causa de su atractivo: ¿los ojos? Bueno, podría ser pero no sé. No puedo ser sincera. No sé ser sincera. Sin embargo yo sabía por qué me gustaba L.
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¡Pero a ÉL lo adoro! ¡Es un sentimiento profundísimo! [...]

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Prendo la radio. Ray Anthony interpreta «Conociendo las tristezas». Acabo de cenar. Me ha gustado la cena, que consistía en vegetales de varios colores. Había una graduación del verde tan sutil y apenas esbozada, como en un cuadro de Cézanne. Terminó la música. La voz del anunciador es grave y simpática. Sigo fumando. Siento mi rostro como reflejado en mil burbujas de agua. Sonrío blasfemando contra el mundo. Aspiro insidiosa. (Presenta «Lo que vendrá» audición de baladas.) Aparece una estúpida melodía. «A guy called Jim. Shure!» [sic] Cambio de audición. Vuelvo. Ya se terminó. Alejandra, ¿en qué piensas? No sé, sólo sé que me duele mucho. Me duele la existencia. Cambio de audición. Una hermosa melodía portuguesa. Sonrío emocionada. Habla de la primavera. Ya la temo. La temo mucho pues es enemiga del encierro y la obliga a una a salir al exterior, al mundo y eso es malo, hace mal. Alejandra, ¿en qué piensas? En ÉL. ¡Quiero que vuelva! [...]
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Ahora el anunciador vuelve a las cremas de belleza. ¿Qué falta hará la crema de belleza si mi alma llora de negrura herida? Sinceramente, sufro tanto que parece mentira. Lo veo como una broma de mal gusto. Vuelve la música. Cadenciosa y carnal. Piano llegando a la última octava tan aguda e infantil. Siento deseos de cantar:
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yo tenía un piano
y se fue
yo tenía un amor
y se fue
yo tenía una sonrisa
y se fue.
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Alguien silba. ¡Ah París! ¡Qué bello! Me ahogo. Estoy acostada. Jamás iré a París. Soy muy vieja. París es para los jóvenes. ¡Y este violín! ¡Maldito sea! Raspa lo último, ¡sí!, juro que llega a lo último que hay en mi alma. Lloro. Vértigo. ¡Deseos! ¡Anhelos! ¡Ah París!
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[...] Prendo el cigarrillo n.o 25. ¿En qué piensas, Alejandra? Estoy reventada. Ahora es «Cataluña», de Albéniz también. Pienso en D. Tengo miedo. Pienso en ÉL. ¡Tiene que curarme! Juro contarle todo. Todo. Cierro los ojos. Sigo estirando este domingo que desea irse. Pienso en Proust. Hay veces en que me pone nerviosa por su forma tan arbitraria de otorgar extensión a ciertos pasajes más que a otros. Pienso en ÉL. No puedo verlo lejos. Lo veo en otro mundo. Nos separa un espacio insalvable. [...]
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El silencio incita al cuerpo hacia la muerte del sueño. ¡No quiero despedirme aún de las horas! Alejandra, ¡cuánto has vivido hoy! He gozado y llorado intensamente. ¿Qué más? non solum sed etiam. ¿También qué? ¡También está lo otro! ¡La dulce paz uniforme del amor! Cubro mi rostro. Lo veo como un fósforo que no pudo encender. (Trastornos de la cera, descuido en la fabricación.) [...]
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Mascullo una sonrisa gastada. Es muy tarde y persisto en seguir escupiendo frases. ¿A qué seguir, Alejandra, a qué? ¿Para qué estos papeles frustrados? [...]
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MERDE!!
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Es muy tarde. Retengo la noche con el mismo afán y temor con que la duquesa de Guermantes retenía a sus invitados. Pienso en ÉL.
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Escaleras. (¿Qué opinaría Freud de las escaleras?) ¡Me importa un cuerno! Es muy tarde. Asociando, diremos que es muy tarde para ti, Alejandra. Extraño. Hace unos minutos, pensé que la pluma no tiene tinta y ahora noto que no es así, que tiene demasiada. Es decir, que algún geniecillo protector de las literatas desesperadas llenó la pluma. Bueno, esto es un signo que alienta. Suspiro. La palabra «alienta» me desalentó. No es para mí. [...]
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Lo único que hago es mirar el calendario. ¡Cuándo, mi Dios, cuándo vendrá ÉL!
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Se me ocurre que todo lo que leo ahora, tendré que leerlo de nuevo el «día» que me cure. [...]

Alejandra Pizarnik, Diarios.
(2003, p. 94-102)
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