30 de julio, lunes
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Rumor de mis ojos mirándose mirar. Ello, para descubrir que la mano que oprime mi garganta es mía.
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¿Quién me busca desde mi mirada? ¿Quién me asfixia desde mis dos manos? ¿Quién muere de sed y no bebe porque no se le ocurrió nunca unir el acto de beber al de tener sed? Entonces: toda queja entraña acusaciones. Y por más que te acuses, el proceso no nos parece grandioso ni dramático porque todo queda en familia y, seguramente, terminará con una ducha helada y un sueño reparador.
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Que no se nos ocurra, tampoco, que pronto podemos morir, no significa, precisamente, que te excluyan del hecho. Pero de mi náusea de usar mi pequeño cerebro deteriorado para elucubrar imbecilidades sobre la muerte —como lo hacen mis amigos— hablaré otro día. Hoy estoy muy débil, como si hubiera dormido bajo la lluvia y, como si yo fuese una niña de terciopelo y encajes, veo un bosque de ternura poblado de manos de seda y gritos acariciantes y vientos como nodrizas infinitamente generosas y versos para niños tristes y consejos para hacer que la delicia del arco iris dure toda la noche.
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Que no se nos ocurra, tampoco, suicidarnos, no quiere decir que no lo haremos alguna vez, sino que la decisión del suicidio ya fue tomada y anotada y firmada desde que me dejaron en el umbral una noche de truenos y rayos, como se lee en las primeras líneas del capítulo I del folletín que después se tituló «Mi vida y otras cosas por el estilo». El último capítulo estará impreso en papel rojo con caracteres azules y blancos para indicar que la autora murió en París y tendrá ilustraciones alusivas como ser una vieja en un triciclo tocando desaforadamente el timbre del manubrio; una niña con dientes de perro, pico de pato salvaje y sombrero de plumas humanas; una muchacha en una bañera metiéndose barcos de jabón en el sexo y, por fin, una pareja haciendo el amor en todas las posturas imaginables sólo por una imaginación fabulosa como la de la autora; haciendo el amor y haciendo el odio, con una brutalidad que hace saltar las puertas de sus goznes, caer los tejados, dilatar las casas hasta que explotan quedando luego todo en ruinas sobre la pobre pareja de la que sólo quedan los genitales unidos y mojados aún en medio del silencio de las ruinas, funcionando aún como ratas trepando por lo sórdido de un lugar abandonado y misterioso.
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Tema para un cuento: alguien que tiene el poder de materializar algunas palabras pero que desconoce cuáles. Es así como en cualquier instante, en medio de cualquier conversación trivial o importante, una palabra hace aparecer al objeto que designa. La última hará aparecer, naturalmente, a la muerte. La desesperación de este ser, su temor de decir y hablar, pues ignora absolutamente si lo que encarnará será una presencia dulce o terrorífica. (Esto me permitiría momentos humorísticos: por ejemplo, en una reunión de literatos en que se habla justamente de la validez y la potencia del lenguaje y de súbito, porque alguien dijo que en nuestra época las palabras «son como monedas», que lluevan monedas que hablen... Pero es esta extraña persona la que debe pronunciarlas, pues el cuento tiene que describir, justamente, su temor de hablar.)
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Una vez escribí: «Se puede morir de abstracción». Lo repito.
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—Los temores se profundizan —dije.
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—Ah sí —dijo—, los temores, los vapores y los honores se profundizan.
—Ah sí —dijo—, los temores, los vapores y los honores se profundizan.
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—¿Otra taza de té? —dije.
—¿Otra taza de té? —dije.
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—Another question? —dijo.
—Another question? —dijo.
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—No —dije, conteniendo la risa—, si usted yace en un camino...
—No —dije, conteniendo la risa—, si usted yace en un camino...
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—Después de que pasó sobre mí una aplanadora...
—Después de que pasó sobre mí una aplanadora...
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—Podría servir de alfombra —dije.
—Podría servir de alfombra —dije.
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—Nada me gustaría más —dijo el anciano— que un ramo de patitas de ratones.
—Nada me gustaría más —dijo el anciano— que un ramo de patitas de ratones.
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—¿Para qué? —dije.
—¿Para qué? —dije.
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—Usted siempre pensando en la finalidad de toda cosa —dijo.
—Usted siempre pensando en la finalidad de toda cosa —dijo.
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—Augúrese una penuria inextinguible y váyase a bañar. ¿Otra taza de té? —dije.
—Augúrese una penuria inextinguible y váyase a bañar. ¿Otra taza de té? —dije.
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—Cuatro —dijo furioso.
—Cuatro —dijo furioso.
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—Por qué se enoja, profesor —le dije—. Si sólo trato de tratar de entretenerlo para tratar, después, de entrar en materia.
—Por qué se enoja, profesor —le dije—. Si sólo trato de tratar de entretenerlo para tratar, después, de entrar en materia.
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—La materia, la historia —balbuceó—, los lirios, las abejas papilares de los sagrados incisos cubiertos de niebla. ¿Cómo definir a la niebla?
—La materia, la historia —balbuceó—, los lirios, las abejas papilares de los sagrados incisos cubiertos de niebla. ¿Cómo definir a la niebla?
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—Como un silogismo —dije.
—Como un silogismo —dije.
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—Usted me matará —dijo dulcemente.
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—Con té —dije.
—Usted me matará —dijo dulcemente.
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—Con té —dije.
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—Te ti contigo —dijo.
—Te ti contigo —dijo.
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—Vea, profesor —le dije—, la luna riela sobre los toldos.
—Vea, profesor —le dije—, la luna riela sobre los toldos.
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—¿Tiene té de boldo?
—¿Tiene té de boldo?
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—No, té de China solamente.
—No, té de China solamente.
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—¿Para dibujar?
—¿Para dibujar?
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—Soles en mi noche triste —dije.
—Soles en mi noche triste —dije.
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—Empujar el deseo no es lo mismo que lo contrario —dijo—. Me pregunto quién inventó lo de viceversa.
—Empujar el deseo no es lo mismo que lo contrario —dijo—. Me pregunto quién inventó lo de viceversa.
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—Algún pisaverde —dije.
—Algún pisaverde —dije.
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—O pisazul —dijo llorando de risa.
—O pisazul —dijo llorando de risa.
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—Está usted obsceno, conde, hoy.
—Está usted obsceno, conde, hoy.
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—No me llame Conde Hoy, por favor, si bien desciendo de la Condesa de Día.
—No me llame Conde Hoy, por favor, si bien desciendo de la Condesa de Día.
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Y llena estás de penuria. Cuando llueve en la habitación que se pensó segura, cuando el suelo se abre como una tremenda boca... Como si lo crearan para ti, tu infierno alejandrino. Y no es que estemos enamorados pero a veces, en la soledad, en el lúgubre abandono, aparecen deseos que otros también tienen: una mano en tu hombro, unas palabras afectuosas... No le haces mal a nadie con estos deseos. Es más: no exigen un esfuerzo notable a quien podría (y debería) realizarlos. Por eso, a veces, en verdad todos los días, en verdad a toda hora, un ademán de ternura no disgustará al animal herido que eres, una palabra de afección, un conato de sonrisa, pero para ti, sólo para ti, y eso sí, surgido sin retención posible de algún ser humano, de cualquiera, puesto que no conoces a ninguno en particular.
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Extrañas ideas son éstas, que sólo aparecen en la soledad, después de un largo día abrumador en el que se portó un cuerpo cansado y sin objeto.
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Seguramente que jamás lo pedirás ese gesto, ese lenguaje. No por orgullo (orgullo de qué, ante quién), sino porque la sabia que eres comprende que son deseos fáciles los que te asedian, cansados por la soledad, el abandono, y el excesivo pensar en ti. De manera que sólo tú sabes que tu vida depende de la concreción de esos deseos. Pero como tu vida no es materia importante para tus fúnebres estudios y que lo que deseas es acelerar la desaparición de cualquier signo que te salve, entonces te silencias y cierras las puertas de tu rostro y nadie, nadie, sabe —sino tú— qué llena estás de orfandad y de penuria. Esto suele llamarse autoconmiseración. Pero de mis ganas de llorar no hablaré. Ya he insistido demasiado. Otro signo salvador mis ganas de llorar. De la relatividad de toda cosa viviente tu pequeño cerebro averiado ha deducido varias verdades sin importancia. Entre ellas, que puedes gritar en un balcón, con los cabellos en desorden, con tus ojos de envenenadora y además, estar con los vestidos desgarrados y con huellas de manos sangrientas en la garganta. Ello no implicará menos un gran deseo de llorar, un gran deseo de oír palabras trivialmente poéticas dedicadas en honor a una afección por la pequeña loca del balcón abierto.
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Esto que escribo lo he de escribir para alguien que no soy yo, puesto que yo a mí no me hablo ni me escribo ni tengo el menor interés en hacerlo. ¿Qué? ¿Estar celosa del anónimo destinatario? Si yo escribiera para mí, en amistad con mi delirio, no escribiría, pues si por algo escribo es para que alguien me salve de mí. (Por eso grito desde el balcón y las imágenes de mis poemas son mis hábitos desgarrados o mis ojos peligrosos que yo no puedo ver.)
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Alejandra Pizarnik, Diarios.
(2003, p. 311-314).
(2003, p. 311-314).
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