lunes, 7 de noviembre de 2016

12 de marzo [1965]

12 de marzo
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Este diario, ¿lo escribo para mí? Ahora, ¿estoy escribiendo para mí? La verdad: tengo miedo. El de siempre. Tengo miedo y no puedo vivir en este mundo y lo quiero, claro que lo quiero, pero no sé cómo se hace. Todo lo hago mal. Algo se destruyó. Demasiadas pérdidas. Nadie las soporta. Y ahora, aun si me alimento de los corrompidos restos de un idealismo muerto, sé que sólo me importa lo visible y lo tangible, es decir, lo que se me niega. Se me niega por mi ansiedad, por mi desconfianza, mi extranjeridad, mi seguridad de ser expulsada, aun por un paisaje. Como un temor de mirar una piedra por miedo a que se lance, sola, a herirme.
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¿Y ese lenguaje como una mano ahuecada llena de agua riquísima? Lo soñé todos estos días. Algo curvo, armonioso, caliente, como los sexos, como la sonrisa confiada de un niño pequeñito (esa sonrisa sin ángulos —oh Dios, cómo odio los ángulos y las líneas rectas...).
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Algo totalmente opuesto al no, a la severidad, algo que se despliega como la risa o las ondas del orgasmo o un sendero de flores en un cuadro muy ingenuo. Como la boca llena de risa, como el sexo lleno de semen, como un sí afirmado sin cesar, una danza ni lenta ni veloz, un moverse con infinita facilidad y docilidad. Ese idioma era el que yo soñé hace unos días y fui feliz pues creí que había puesto un nombre a mi extraño estar aquí, en este mundo anguloso, rectilíneo, cuyas aristas fueron corroídas por el ácido del sueño. Pero vino el holocausto, el apalear al perro muerto, la disonancia, el brazo tenso, el codo, la rodilla, todo erguido como para defenderse; el sordo e incesante dolor de mis huesos, la garganta estrangulada, los ojos secos, los párpados abiertos como por alambres, las agujas en la frente, el dolor en la nuca, si pudiera decir todo lo que me duelen los huesos. El pecho y la espalda y la cara y el paladar inerte, seco, y los labios dudosos —nunca sé si abrirlos o cerrarlos, no sé caminar, no sé hablar, esto no coincide de ninguna manera. [...]
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Escribir todo el día. Todo el día buscar los nombres. Construir mi figura. No digo transfigurarme. Aunque salga una torpe estatuilla de barro, risible, ridícula. (¿Acaso no soy risible y ridícula? No, ni siquiera eso.) A la vez, sé que no hay necesidad de escribir. Quiero decir que mucho más eficaz sería, para mí, hacer el amor día y noche. El silencio de los cuerpos. ¿Y yo? ¿Acaso yo puedo amar? Soy una caricatura de V. En cierto modo nos parecemos. Miedo a la soledad.
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Hay una mesura que deseo. La de M. L. Esa flexibilidad. M. L. es como mi lenguaje soñado. Sus ojos son como esas frases curvas, de una gracia y una seducción que me hacen forjar esperanzas de un encuentro inminente. [...]
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Alejandra Pizarnik, Diarios. 
(2003, p. 489-493).
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