Jueves 13 de febrero
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[...] De pronto me di vuelta hacia un costado (en realidad, ella me fue dando vuelta con la excusa de ir colocando alfileres y hacer marcas de tiza) y quedé frente a una fotografía de Avellaneda que no estaba el jueves pasado. El golpe fue demasiado repentino, demasiado brutal. La madre me estaba observando y sus ojos tomaron buena nota de mi pobre estupor. Entonces depositó sobre la mesa los alfileres sobrantes y la tiza, y sonrió tristemente, ya segura, antes de preguntarme: "Usted... ¿es?". Entre la primera y la segunda palabra hubo un espacio en blanco de dos o tres segundos, pero ese silencio bastó para convertir la pregunta en algo transparente. Era obligatorio responder. Y respondí, sin decir palabra; con la cabeza, con los ojos, con todo mi ser dije que sí. [...] "Usted quiere saber, ¿verdad?" Yo estaba seguro de que no me miraba con rencor, ni vergüenza, ni nada que no fuera una exhausta, sufrida piedad. "Usted la conoció, usted la quería, y estará atormentado. Yo sé cómo se siente. Siente que su corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta. Se siente desgraciado, y feliz de sentirse desgraciado. Yo sé qué horrible es eso." Hablaba como si se hubiera reencontrado con un antiguo confidente, pero también hablaba con algo más que su dolor actual. "Hace veinte años se me murió alguien. Alguien que era todo. Pero no se murió con esta muerte. Simplemente, se fue. Del país, de mi vida, sobre todo de mi vida. Es peor esa muerte, se lo aseguro. Porque fui yo quien pedí que se fuera, y hasta ahora nunca me lo perdoné. Es peor esa muerte, porque una queda aprisionada en el propio pasado, destruida por el propio sacrificio." Se pasó una mano por la nuca y yo pensé que iba a decir: "No sé por qué le cuento a usted estas cosas". Pero en cambio agregó: "Laura era lo último que me quedaba de él. Por eso siento otra vez que el corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta. Por eso sé lo que usted está pasando". Acercó una silla y se sentó extenuada. Yo pregunté: "Y ella, ¿qué sabía de eso?". "Nada", dijo. "Laura no sabía absolutamente nada. Yo soy la única dueña de mi historia. Pobre orgullo, ¿verdad?" De pronto me acordé: "¿Y su teoría de la felicidad?". Sonrió, casi indefensa: "¿También le contó eso? Fue una hermosa mentira, un cuento de hadas para que mi hija no perdiera pie, para que mi hija se sintiera vivir. Fue el mejor regalo que le hice. Pobrecita". Lloraba con los ojos en alto, sin pasarse las manos por la cara, lloraba con orgullo. "Pero usted quiere saber", dijo. Entonces me contó los últimos días, las últimas palabras, los últimos momentos de Avellaneda. Pero eso nunca será anotado. Eso es Mío, incorruptiblemente Mío. Eso estará esperándome en la noche, en todas las noches, para cuando yo retome el hilo de mi insomnio, y diga: "Amor".
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BENEDETTI, M. La tregua. Buenos Aires: Editora Sudamericana, 2000. p. 158-159.
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BENEDETTI, M. La tregua. Buenos Aires: Editora Sudamericana, 2000. p. 158-159.
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